17 jun. 2018

Y el 'Reina Mercedes' volvió a casa (1898-1953)

En 1953 el embajador de España en Estados Unidos, José María de Areilza (1909-1998) en una visita oficial a la Academia de Annapolis descubrió que en un muelle conservaban los norteamericanos el casco del crucero 'Reina Mercedes', perdido en Santiago de Cuba en 1898.

El crucero Reina Mercedes no salió de Santiago aquel fatídico 3 de julio de 1898.

Sus calderas estaban inservibles y había quedado como batería flotante. Tras el desastre de Cervera, su tripulación lo hundió en la boca de la rada, pero los norteamericanos acabaron reflotándolo y llevándoselo a la Academia de Annapolis, donde tuvo diversos usos hasta convertirse en un museo.

Su descubrimiento por parte del embajador español llevó a la gestión de los trámites necesarios para que se produjera su baja definitiva, instancias que llegaron hasta el mismísmo presidente Eisenhower, que dio el impulso definitivo. Así lo cuenta José María de Areilza en sus memorias. El almirante Carney, jefe de la Marina estadounidense y su esposa se convirtieron en verdaderos amigos.

Tenía una gran admiración y simpatía por España y lo español y había sido uno de los que con mayor eficacia apoyó la gestación de los acuerdos de 1953.

[...] Al cabo de año y medio de espera, solicité de mi amigo Bob Gray que me falicitara una audiencia con el presidente, anunciándole cual era el tema exclusivo de la visita.

Me recibió Eisenhower con su ancha sonrisa y me dijo que había estudiado el Dossier y que el crucero no era ningún caso de "botín de guerra", pues no había sido hundido en combate sino averiado gravemente y enviado luego al fondo del mar por la tripulación española para contrabloquear el paso de la escuadra americana hacia el puerto de Santiago.

[...] A los tres días me llamó el almierante Carney alborozado:

"El Reina Mercedes ha sido dado de baja en la Armada y será desguazado. Pero antes habrá una ceremonia en la Academia naval con su presencia. Dígame qué objeto del navío desea usted que se le entregue como gesto simbólico de homenaje a España y a su Marina".

Elegí la campana del crucero, grande, de bronce, con su nombre, el escudo nacional y la fecha grabados en el metal. Me pareció que aquel "Cáliz de las horas" como llamara Basterra a las campanas, que tantos años había regido con su tañido y su pique y repique, la vida marienra de abordo, era el más sonado recuerdo de este significativo episodio.

Tuvo lugar el acto en una tarde soleada y fría en Annapolis junto al crucero mismo, donde se había levantado una tribuna sobre cuya mesa reposaba la campana envuelta en cintas de los colores nacionales de ambas naciones. Me compañaban en la plataforma el almirante Smedeborg, superintendente de la Academia, y el capitán de navío Blanco, agregado naval de la Embajada.

Los cadetes de la Academia, formados rígidamente frente a nosotros, escucharon las palabras de su jefe y mi respuesta. Dijo el almirante norteamericano que con aquella ceremonia se ponía fin a la querella del 98 que había seperado durante un periodo a dos pueblos, llamados a entenderse en profundidad y que se asomaban a un mar común.

Las compañías presentaron armas mientras sonaba el National Anthem americano y muy lentamente la bandera de las estrellas y las barras era arriada del mástil del crucero español. Luego un largo toque de oración puso un punto final emotivo a la celebración.

Yo confieso haber experimentado en esos momentos la más intensa satisfacción de mi etapa de embajador en Washington, aunque no faltarán enspíritus críticos que juzgarán banal este relato.

Hay ocasiones en que el reflejo del patriotismo elemental aflora a nuestro ser de manera espontánea y no hay que tener empacho en confesarlo.

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9 jun. 2018

Los misterios de la Esfinge

¿Fue un cañonazo ordenado por Napoleón el que destrozó la nariz de la Esfinge de Guiza, como reza una anécdota recurrente en las guías de viaje?

No pudo ser así, ni tampoco pudieron ser soldados ingleses de la época colonial como otra hipótesis sugiere.

Unos dibujos realizados en 1737 por el arquitecto danés Frederick Lewis Norden ya mostraban a una Esfinge carente de apéndice nasal.

Antes de estas hipótesis, el historiador del siglo XV al-Maqrizi atribuía la desaparición a MuhammadSa'im al-Dahr, un fanático religioso Sufí, que, en 1378, al ver que los campesinos hacían ofrendas a la Esfinge para conseguir mejores cosechas, decidió dañar el monumento.

Es la teoría más sólida pero, como en todo lo relacionado con esta enigmática construcción, también pertenece al terreno de lo incierto. Todo en la Esfinge de Guiza irradia misterio.

Su origen, los motivos de su construcción, su función e incluso su nombre. La voz «esfinge» procede del griego «sfigx», que significa estrangulador y se emplea para designar a un demonio de destrucción y mala suerte que la cultura helena representa como una criatura con cuerpo de león y alas de ave.

La esfinge griega era la guardiana de la ciudad de Tebas, que solo dejaba pasar a los viajeros que acertaran a responder al enigma: «¿Qué criatura de una sola voz camina con cuatro piernas por la mañana, con dos al mediodía y con tres al anochecer, y es más débil cuantas más piernas tiene?».

En caso de errar, la esfinge estrangulaba al viajero y se lo comía. No obstante, pese a la notoriedad de la versión helena, la figura de Guiza es muy anterior a estas creencias griegas y, más bien, es la que inspiró al resto de esfinges.

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3 jun. 2018

Filipinas, siglo XIX. Coexistencia e interacción...

Un imperio es una estructura política compleja e inestable, compuesta, necesariamente, de un entretejer diferentes realidades.

Lo que proponemos en esta obra es pensar los imperios en tanto que agentes y cauces de relación, intercambio, contacto y mestizaje entre sociedades, como espacios para el encuentro y la interacción entre comunidades.

Hemos elegido para ello, como caso de estudio, las Islas Filipinas, un archipiélago que estuvo integrado en el imperio español durante más de trescientos años y que presenta un especial interés para este tipo de análisis porque durante siglos actuó como un significativo punto de encuentro y relación entre poblaciones de Asia, Europa y América.

A partir del estudio de Filipinas en el siglo XIX, el objetivo de este volumen es analizar las relaciones entre las distintas comunidades que vivían en el archipiélago, buscando las interacciones, las mutuas influencias y las claves de su coexistencia dentro de un mismo marco colonial, desvelando también nuevas perspectivas para el conocimiento de Filipinas y del imperio español.

Esta obra colectiva analiza las fórmulas que las distintas comunidades que coexistían en Filipinas encontraron, más allá de las directrices políticas y la normativa dictada, para vivir juntas dentro de un marco imperial y cómo, por qué, y a través de qué cauces, trataron de resolver los problemas que las enfrentaron, trascendieron las fronteras que las separaban y forjaron vínculos e interacciones entre ellas.

Para ello, destacados especialistas en el estudio de los imperios, y de Filipinas, desarrollan distintos planos de análisis: la participación en la vida política de las islas; la colaboración en los negocios y en las actividades que potenciaron el desarrollo de Filipinas; el papel desarrollado por cuerpos intermedios que ejercieron de puentes entre distintas comunidades, entre ellos las órdenes religiosas, los círculos intelectuales o distintos ámbitos profesionales; los cauces para la comunicación y el entendimiento entre comunidades, desde la definición de intereses comunes, la participación en instituciones y asociaciones, o la coincidencia en la vida cotidiana y en espacios de sociabilidad, hasta la creación de aspiraciones y luchas compartidas que en unos casos reafirmaron afinidades o crearon nuevas complicidades, y en otros casos rompieron antiguas alianzas o impidieron otras nuevas.

De esta forma, a través de los temas planteados en esta obra, es posible entender la complejidad de la sociedad filipina; la imposibilidad de trazar unas fronteras rígidas entre los distintos tipos de población basadas solo en sus caracteres étnicos o en sus categorías legales; las constantes, múltiples y contradictorias interacciones mantenidas entre unos y otros; y concluir, así, que solo tratando de contemplar este mundo en toda su variedad, sin ignorar ninguno de sus componentes, y solo en el entretejer de esas múltiples comunidades y en su capacidad para entenderse y arreglar conflictos, o para enfrentarse y provocar rupturas, se puede comprender la evolución y la forja de aquella sociedad colonial.

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26 may. 2018

La Guerra Franco-India (1754-1763)

La Guerra Franco-India parece casi inseparable de la conocida novela de James Fenimore Cooper, 'El último mohicano' (1826).

Más allá de la leyenda, sin embargo, resuenan los ecos de un conflicto que desencadenó una transformación a gran escala en el mundo atlántico; una guerra que dotó a las colonias británicas de América del Norte de una identidad propia y aceleró el proceso que llevaría, dos décadas después de la firma del Tratado de París (1763) -que sellaba la hegemonía británica a escala global-, al reconocimiento de la independencia de los Estados Unidos por parte británica.

Más allá de sus profundas consecuencias, la Guerra Franco-India presentó dinámicas muy distintas a las de las guerras europeas de entonces. El enfrentamiento entre las colonias rivales y los nativos en que se apoyaban fue brutal.

La aplicación a la contienda de los paradigmas de la Ilustración era inconcebible en una lucha caracterizada por la devastación de la frontera y una competencia por la tierra que provocó migraciones forzosas masivas.

Se trataba, a su vez, de una lucha donde la concepción táctica y estrategia europea carecía de sentido ante las distancias, la geografía agreste y los recursos disponibles. Tanto para los indígenas como para los colonos, la guerra fue un acontecimiento definitorio, un punto de inflexión en su relación con un mundo que cambiaba a gran velocidad.

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8 abr. 2018

Vigo, la primera ciudad en expulsar a los franceses

Un fin de semana al año, los vigueses vuelven atrás en el tiempo para conmemorar uno de los episodios más gloriosos de su pasado.

Entre los últimos días de marzo y los primeros de abril -el 7 y 8 de abril 2018- la localidad regresa al siglo XIX para celebrar la expulsión de los tropas napoleónicas en el marco de la Guerra de la Independencia.

El 28 de abril de 1809 el pueblo alzado en armas contra el invasor convirtió a Vigo en la primera localidad de Europa que logró expulsar al ejército francés de una plaza conquistada.

Más de 1.400 soldados imperiales fueron hechos prisioneros y desde la villa olívica se organizó después una ofensiva en toda Galicia que consiguió la retirada definitiva del ejército de Napoleón.

Y la determinación de los vigueses tuvo su recompensa: el reconocimiento de «ciudad» otorgado por la Regencia. Aunque los vigueses no dejaron nunca de celebrar su victoria ante las tropas francesas -la Reconquista se conmemora en la ciudad desde 1810-, la fiesta actual debe su trascendencia a la iniciativa de la Asociación de Veciños do Casco Vello, que proyectó la festividad al mundo a través de la recreación histórica de la batalla.

La teatralización de los hechos ocurridos en esos albores del siglo XIX, cuando Vigo era una pequeña villa marinera de cuatro mil habitantes, protegida por la muralla y el castillo y rodeada de aldeas campesinas, continúa en la calle Gamboa, donde se simula el derribo de la puerta de la villa. Carolo, un marinero del Berbés, ya mayor, intenta partir el portón con un hacha pero es abatido por los disparos del ejército francés.

Cachamuíña toma el relevo, completa el trabajo y consigue cruzar la puerta. Arranca entonces la batalla, seguida de la rendición del ejército francés que embarca en el puerto de A Laxe, dejando atrás sus armas en la playa.

La representación finaliza con la lectura de la declaración de la ciudad como «fiel, leal y valerosa», el título honorífico concedido tras la guerra por Fernando VII a Vigo, y que figura en el escudo de la ciudad junto al lema de «siempre benéfica», ganado casi un siglo después por el auxilio prestado a los heridos que volvían de la Guerra de Cuba en 1899.

Fuente:
- 'Vigo, la primera localidad de Europa que expulsó al ejército de Napoléon'.
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