Menudo susto me lleve ayer al abrir el periódico y comprobar con todo lujo de detalles que, tras darnos para el pelo en Alcolea, el ejército francés se disponía a saquear la ciudad.
De cabo a rabo, ni un mal real de plomo nos dejaron los gabachos de Dupont. Ahora bien, en el pecado llevaban la penitencia, pues las numerosas carretas donde cargaron el oro y las piedras preciosas les impidieron maniobrar con soltura en los campos de Bailén, de forma y manera que, pese a la superioridad militar napoleónica, semejante impedimenta fue decisiva en el resultado de la batalla, ya saben:
escabeche matutino para don Pierre-Antoine, con sus coraceros hechos trizas, su guardia imperial morucha y amostazada, y el otrora victorioso general de Austerlitz y Marengo destituido y preso en el horrible castillo-penal de Joux. Por avaricioso y por ladrón.
Una vez repuesto del sobresalto (¡les juro que a punto estuve de salir a la calle sable en mano!: en la familia guardamos uno del bisabuelo desde las guerras carlistas, por si acaso), y mientras hojeaba el magnífico suplemento que ABC dedica a la efeméride del primer párrafo (batalla de Alcolea y saqueo de Córdoba), me entró un cierto pesimismo y pensé que, en realidad, Córdoba ha estado casi siempre sometida a expolio a lo largo de su Historia, sojuzgada por unas élites económicas, militares o religiosas que impedían el normal desarrollo de esta sociedad.
Y como un cruel reflejo de su triste destino, lo sigue estando ahora, en nuestros días. En este caso, la responsabilidad recae por completo sobre la fuerza política (y su ya caduca ideología) que desde hace lustros rige nuestros destinos. Obviamente, hoy no se trata de un saqueo de bienes materiales (¡algunos dirán que también!), como hizo la soldadesca de Dupont.
Fuente:
- "La última carga de Dupont".
Las fuentes de Argales
Hace 1 día

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